No Direction Home. Bob Dylan/ Dir. Martin Scorsese/ Paramount Pictures/ 2005

Martin Scorsese sabe hacer buenas películas. Está bien, Pandillas de Nueva York y El Aviador no son de sus mejores, pero responden. Pésimas no son. El problema con Scorsese es que ya ha hecho todo. Varios de los momentos más memorables del cine son obra de su cámara. Es prácticamente imposible poder superar a Box Car Bertha, Calles peligrosas, Taxi Driver, Casino, Toro Salvaje o los Buenos Muchachos. Cualquiera lo sabría. Pero ahí está. Tratando de crear obras con una técnica entrenada y propia. Todavía no gana el Oscar, él lo quiere, pero no es lo central. Lo central son sus películas, y sobre todo, sus interpretes. Scorsese sabe juntarse con la gente apropiada. Con aliados como Harvey Keitel, Robert De Niro, Nick Nolte, Juliette Lewis y Joe Pesci es muy poco probable fallar.

Esta es la explicación de porqué No Direction Home no falla. Más que eso, gusta. Y mucho. Scorsese tiene la técnica entrenada. Y su aliado esta vez es nada menos que Robert Zimmerman. Sí, Bob Dylan. ¿Fallar? Impensado. Tres horas ocho minutos para recorrer la vida (no completa) de un ícono de la música norteamericana e inspirador de una generación de músicos que bendijo al mundo con sonidos imborrables. Scorsese reconstruye la vida de Dylan a base del testimonio del músico, ocupando gran cantidad de material previamente grabado, en el que vemos a un Dylan adolescente interpretando composiciones de sus héroes de juventud (Lead Belly, Woody Guthrie, etc.) en programas locales. Antes de eso, un pequeño repaso por su niñez, donde da detalles de su primer contacto con la guitarra a los diez años. Sus primeros acordes inspirados en discos de country y blues que merodeaban por su hogar.

Zimmerman era su apellido paterno. Dylan el que le dio su inseparable guitarra y armónica. Un amplio material fotográfico guía la narración construida por las palabras de Dylan y las de los testigos de la historia de uno de los responsables de dar un giro en la historia de la música. Ahí están sus primeras presentaciones en el mítico festival de música country Newport, en el que compartía escenario con otro de los grandes, el caballero de negro, Johnny Cash. En palabras de Dylan “era lo más parecido a una imagen sacra para mí”. Sí, una persona sagrada, tanto como el momento en que en alguno de los camarines del ya nombrado festival, se ve a Dylan empuñando una guitarra y sacando su áspera y nasal voz junto a un inspirado Cash, quien cierra los ojos, lanza melodías y asiente con la cabeza. Un momento sagrado.
También está el momento imborrable. El único e irrepetible. De esos hechos que cambian todo. Dylan sube al escenario de Newport. Año 1965. Después de una presentación en la que es ovacionado, suena algo completamente ajeno e inesperado para una ocasión como ésta: una guitarra eléctrica. A los dos segundos entra una batería y ya todo estalla. Los organizadores buscan algún hacha para romper los cables. Le gritan a Dylan que no cante con esa voz distorsionada, que baje los equipos, que se vaya al demonio, que es un traicionero, es Judas. Sonaba Maggiés Farm, de Highway 61 Revisited. El primer disco de Dylan acompañado de una banda a sus espaldas.

Sin duda Highway 61 Revisited fue el cambio que el rock necesitaba. Que alguien de la veta folk, poética y contestataria ocupara sus bases para renovarlo. Antes era Mr. Tambourine man, Masters of war o Blowind in the wind. Ahora es Like a Rolling Stone, Subterranean Homesick Blues o Maggie´s farm. Bob Dylan se puso eléctrico y eso era maravilloso. Los puristas lo odiaban. Su público sólo lo abucheaba. Pero Bob tenía la razón. El tiempo se la daría.

Scorsese logra un trabajo increíble en el que la música es lo primero. Son más de tres horas de sólo música. Deja afuera detalles demasiado privados y de amoríos que nuca faltan. De hecho sólo se ve a dos. Su primera esposa y a la persona que lo acompañó en su etapa más política y comprometida: Joan Baez. Pero ambas hablan de música. Dylan sólo se refiere en estos términos a su relación con Baez: “no se puede ser sabio y estar enamorado a la vez”. Bob Dylan escogió ser sabio. Y resultó. El final del documental es tomado de su primera visita a Inglaterra. En el teatro en el que le gritaban Judas, en el lugar donde se puede escuchar y ver la más sentida interpretación de Like a Rolling Stone, el sitio donde se reunió con The Vétales. El lugar donde la realidad superó a la leyenda. Y la realidad es mejor. Infinitamente mejor.





Ramon Valdes Zuñiga.