Gepe

 

Gepe . Viernes 18 de mayo de 2007, Cine Arte Normandie, Santiago.

Mientras transcurría la presentación de lo nuevo de Daniel Riveros, “Hungría”, pensé en dos cosas (con los ojos bien rojos): 1. Que raro encontrarse atrapado, entre cientos de personas, en un cine que habitualmente -al menos, cuando lo he visitado por razones cinematográficas- casi siempre está semivacío y frío. 2. las consecuencias del precio de la entrada.


El primer punto se hizo desagradable antes que el show empezara y mientras me encontraba sentado y rodeado de un público curioso y compulsivo a la hora de expresar sus ideas (podría reproducir algunos comentarios, pero me parece absurdo a esta altura). Luego se hizo llevadero, excepto durante los coros que mis vecinos de fila hacían cuando el celebrado interpretaba temas de su exitoso “Gepinto”.

El segundo punto, tras algunas cavilaciones, me pareció ciertamente relativo. Por una parte, el Normandie es un sabroso lugar patrimonial (que bien puede llegar a ser taquilla y snob), las instalaciones son cómodas y la performance puede ser percibida en óptimas condiciones. Por otro lado, el sesgo socioeconómico que produce el valor de la entrada se vuelve irritante. Si pensamos en qué bandas nacionales cobran ese precio cuando tocan, los referentes son más bien despreciables, ya sea por su mierdosa calidad musical, su poder comercial y “onda” o por los lugares donde ocurren (pienso en un día sábado en La Batuta, por ejemplo.). Finalmente –evitando la radicalidad destructiva- tiendo a quedarme con la comprensible idea que el sello convocante tan sólo quería asegurar cierto movimiento en sus arcas (bastaba ver el lleno absoluto del concierto –también la enorme cantidad de invitados, célebres y anónimos- y espiar la robótica facturación de material discográfico de la distribuidora Armónica).

Les Chicci fue el trío que tuvo la misión de abrir la presentación de “Hungría”. Teclados, guitarra acústica, bajo, cello. Una música a medio camino entre lo orgánico y lo digital, alimentada de unas atinadas visuales acuosas (durante todo el show a cargo de “Sure”). Ambient de beats profundos y clicks, minimal pop-ambient, podría decirse, muy melódico, conjugando lo popular-electrónico y lo clásico, creando un cuerpo de pop semidocto. Texturas exóticas, a ratos, reminiscencias al sonido de Chicago o a la Morr music, durante otros, lo de Les Chicci es una bonita anécdota, un pastiche posmo que no se queda en la inofensiva complacencia de la lounge music, para buscar en las posibilidades de los instrumentos tradicionales el cruce perfecto con la electrónica importada más elegante. Moderno.

 

Luces apagadas.

Gepe se hizo esperar durante unos 20 minutos. Gente sobre el escenario acomodando cables y micrófonos. Gente que sigue ingresando a la, hace rato, repleta sala de cine. Gente exigiendo a Riveros con abucheos de ritmo cuequero.

En lo general, se puede decir que lo de “Hungría” fue una presentación prudente, muy sobria y correcta, donde los espacios fueron más bien planos y se optó por un show que implicara unas preciosas visuales en armonía con lo que sucedía en el escenario (con un resultado estético saliente). Se presentó el disco nuevo en su integridad pero no en el mismo orden (si mal no recuerdo), matizándolo con canciones de su exitoso “Gepinto” (los momentos de mayor éxtasis por parte del público, junto a los bailes infantiles del cantante).

Más específicamente, mencionar que en la interpretación de los temas nuevos tuvo mucha injerencia la función de los músicos acompañantes (un bajista y una corista-tecladista), que generan un grupo compacto donde Gepe pasa a ser más que nada la voz al frente, alimentando las canciones con deliciosos arreglos y de la mediatez que aportan los instrumentos ejecutados en vivo (pocas bases, salvo en los temas de tintes electrónicos, que en “Hungria” se concentran en la primera parte del disco e incluso un par de canciones –“Samoriseva, por ejemplo”- con Gepe a la batería y la guitarra en onda hombre-orquesta). Asimismo, primó, por sobretodo, un ambiente más pop y de experimentación melódica y armónica más que sonora (ya no hay delirios ruidísticos como en “Nihilo”) y da la sensación de que las nuevas canciones ganarán cada vez más terreno según sean presentadas en vivo.


En el caso de las canciones antiguas, nuevos arreglos para temas como “Multiplicación” o “El gran Mal” y la misma emoción para otros como “Los Barcos” o “Estilo Internacional” (notable video).

Hacia el final dos anécdotas que no dejan de ser reveladoras: Riveros advirtió la presencia en la sala de un agradecido embajador de Hungría en Chile (días antes, el cantante había declarado que le importaba la palabra tan sólo por la sonoridad) y una versión acústica del “Domino Dancing” de Pet Shop Boys. Y digo pistas, porque, en el caso de las vocales, las letras de “Hungria” empiezan a reflejar un uso del idioma muy particular de Gepe, y, por último, el homenaje a los ingleses refleja que, actualmente, la búsqueda de este artista está más cerca del cristalino pop de figuras como Brian Wilson que de la austeridad de Violeta Parra, sin significar este hecho nada definitivo.

De a poco, Gepe agarra gestos de estrella indie de llegada masiva. Su manejo mediático, su actual sensibilidad compositiva, lo posicionan en la extraña línea que separa lo masivo de lo subterráneo, o más bien dicho, se ubica en el conflictivo punto donde se conjuga calidad artística (siendo “imparcial”) con exposición mediática y ventas comerciales.

Para pronunciarse más categóricamente al respecto, me temo que habrá que esperar un tiempo.

 

Por Cristóbal Cornejo.
Foto Archivo: Alvaro Daguer.