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Mientras transcurría la presentación de lo
nuevo de Daniel Riveros, “Hungría”, pensé
en dos cosas (con los ojos bien rojos): 1. Que raro encontrarse
atrapado, entre cientos de personas, en un cine que habitualmente
-al menos, cuando lo he visitado por razones cinematográficas-
casi siempre está semivacío y frío.
2. las consecuencias del precio de la entrada.
El primer punto se hizo desagradable antes que el show empezara
y mientras me encontraba sentado y rodeado de un público
curioso y compulsivo a la hora de expresar sus ideas (podría
reproducir algunos comentarios, pero me parece absurdo a
esta altura). Luego se hizo llevadero, excepto durante los
coros que mis vecinos de fila hacían cuando el celebrado
interpretaba temas de su exitoso “Gepinto”.
El segundo punto, tras algunas cavilaciones,
me pareció ciertamente relativo. Por una parte, el
Normandie es un sabroso lugar patrimonial (que bien puede
llegar a ser taquilla y snob), las instalaciones son cómodas
y la performance puede ser percibida en óptimas condiciones.
Por otro lado, el sesgo socioeconómico que produce
el valor de la entrada se vuelve irritante. Si pensamos
en qué bandas nacionales cobran ese precio cuando
tocan, los referentes son más bien despreciables,
ya sea por su mierdosa calidad musical, su poder comercial
y “onda” o por los lugares donde ocurren (pienso
en un día sábado en La Batuta, por ejemplo.).
Finalmente –evitando la radicalidad destructiva- tiendo
a quedarme con la comprensible idea que el sello convocante
tan sólo quería asegurar cierto movimiento
en sus arcas (bastaba ver el lleno absoluto del concierto
–también la enorme cantidad de invitados, célebres
y anónimos- y espiar la robótica facturación
de material discográfico de la distribuidora Armónica).
Les Chicci fue el trío
que tuvo la misión de abrir la presentación
de “Hungría”. Teclados, guitarra acústica,
bajo, cello. Una música a medio camino entre lo orgánico
y lo digital, alimentada de unas atinadas visuales acuosas
(durante todo el show a cargo de “Sure”). Ambient
de beats profundos y clicks, minimal pop-ambient, podría
decirse, muy melódico, conjugando lo popular-electrónico
y lo clásico, creando un cuerpo de pop semidocto.
Texturas exóticas, a ratos, reminiscencias al sonido
de Chicago o a la Morr music, durante otros, lo de Les Chicci
es una bonita anécdota, un pastiche posmo que no
se queda en la inofensiva complacencia de la lounge music,
para buscar en las posibilidades de los instrumentos tradicionales
el cruce perfecto con la electrónica importada más
elegante. Moderno.
Luces apagadas.
Gepe se hizo esperar durante
unos 20 minutos. Gente sobre el escenario acomodando cables
y micrófonos. Gente que sigue ingresando a la, hace
rato, repleta sala de cine. Gente exigiendo a Riveros con
abucheos de ritmo cuequero.
En lo general, se puede decir que lo de
“Hungría” fue una presentación
prudente, muy sobria y correcta, donde los espacios fueron
más bien planos y se optó por un show que
implicara unas preciosas visuales en armonía con
lo que sucedía en el escenario (con un resultado
estético saliente). Se presentó el disco nuevo
en su integridad pero no en el mismo orden (si mal no recuerdo),
matizándolo con canciones de su exitoso “Gepinto”
(los momentos de mayor éxtasis por parte del público,
junto a los bailes infantiles del cantante).
Más específicamente, mencionar
que en la interpretación de los temas nuevos tuvo
mucha injerencia la función de los músicos
acompañantes (un bajista y una corista-tecladista),
que generan un grupo compacto donde Gepe pasa a ser más
que nada la voz al frente, alimentando las canciones con
deliciosos arreglos y de la mediatez que aportan los instrumentos
ejecutados en vivo (pocas bases, salvo en los temas de tintes
electrónicos, que en “Hungria” se concentran
en la primera parte del disco e incluso un par de canciones
–“Samoriseva, por ejemplo”- con Gepe a
la batería y la guitarra en onda hombre-orquesta).
Asimismo, primó, por sobretodo, un ambiente más
pop y de experimentación melódica y armónica
más que sonora (ya no hay delirios ruidísticos
como en “Nihilo”) y da la sensación de
que las nuevas canciones ganarán cada vez más
terreno según sean presentadas en vivo.
En el caso de las canciones antiguas, nuevos arreglos para
temas como “Multiplicación” o “El
gran Mal” y la misma emoción para otros como
“Los Barcos” o “Estilo Internacional”
(notable video).
Hacia el final dos anécdotas que
no dejan de ser reveladoras: Riveros advirtió la
presencia en la sala de un agradecido embajador de Hungría
en Chile (días antes, el cantante había declarado
que le importaba la palabra tan sólo por la sonoridad)
y una versión acústica del “Domino Dancing”
de Pet Shop Boys. Y digo pistas, porque, en el caso de las
vocales, las letras de “Hungria” empiezan a
reflejar un uso del idioma muy particular de Gepe, y, por
último, el homenaje a los ingleses refleja que, actualmente,
la búsqueda de este artista está más
cerca del cristalino pop de figuras como Brian Wilson que
de la austeridad de Violeta Parra, sin significar este hecho
nada definitivo.
De a poco, Gepe agarra gestos de estrella
indie de llegada masiva. Su manejo mediático, su
actual sensibilidad compositiva, lo posicionan en la extraña
línea que separa lo masivo de lo subterráneo,
o más bien dicho, se ubica en el conflictivo punto
donde se conjuga calidad artística (siendo “imparcial”)
con exposición mediática y ventas comerciales.
Para pronunciarse más categóricamente
al respecto, me temo que habrá que esperar un tiempo.
Por Cristóbal
Cornejo.
Foto Archivo: Alvaro Daguer.
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