Diego Morales

 

Diego Morales. Sábado, 31 Marzo de 2007. La Berenjena, Santiago.

Hay noches en que nuestros deseos de escuchar música y lo que nos ofrece nuestro artista de turno, no concuerdan. Más aún si nuestros pasares no son del todo lúcidos ni exentos de problemas. Lo de el viernes recién pasado se prometía insistentemente como el lanzamiento del nuevo disco de Diego Morales, “Calmao”, como ya se ha dicho bastante, sucesor del - por todos aplaudido- “El dub de los pobres” (Luna, 2003).

La Berenjena, restaurant (?) de día y club algunas noches de fiesta y música, conlleva ese glamour del indie santiaguino más alternativo y fashion. Y uno como reportero medio provinciano no prejuzga. No deja de ser entretenido encontrarse aquí a artistas y periodistas, siempre y cuando la garganta esté bien regada y estos tiempos de cosecha se muestren generosos. Con ambos compañeros pintarrajeando la noche se hace más fácil ignorar la sensación de estar en un lugar y un evento para pocos, esa especie de “elite” que se deja para si lo más granado de la escena. Y no lo digo sólo por los precios de la barra ni de la entrada, levemente mayores que en otros lugares, sino por el tufillo de reunión de viejos amigos que se respira.


Con los receptores invocando sensaciones intensas, lo de Morales me dejó un extraño gusto. Lo que en un comienzo parecía ser el estreno del disco en su integridad pasó a transformarse en una síntesis -a mi gusto desmesurada- de los recovecos por donde se mueve. Debo decir que la conciencia y la memoria juegan malas pasadas y que el tiempo se desvanece rápido, pero Morales se mostró reticente a empapar al público con su música (por tiempo y actitud) y a la primera salida de autopista que tuvo, se fue por el punchi y la fiesta. En ese sentido pensé: 1. Coartada conceptual (del tipo “mi breve trabajo se apreciará mejor en concordancia con el dj set”, para no pensar en algo de mala calaña), o 2. Subestimación del público y del momento (del tipo “para no aburrirlos, sólo un ratito). Piense usted en otras variaciones. De las ideas que pude compartir con otros perspicaces auditores lo corto del show fue un factor común. Una especie de intro a la fiesta. Y eso que no me quedé a ver si había outro.

En lo estrictamente musical (que no es lo único que importa en reportes de esta especie), concuerdo con la reseña que circulaba desde su sello: un giro hacia sonoridades más ambientales que rítmicas –en un comienzo del show- y luego la intromisión del beat que aúna el gusto de la pata y el cerebro. En este sentido, la síntesis que hizo Morales me pareció demasiado brusca; parecía el camino para desembocar en la fiesta, se mostró mezquino con los que gustamos de lo sutil y evocador por momentos largos, por la introspección de la mano de lo gélido. Ahora, en casa, mientras escucho el disco, insisto en esta última idea.


De “El dub de los pobres” queda la esencia; tal como en una sesión de Monolake, los caminos que se van tejiendo requieren de paciencia y atención. Desde esta perspectiva, hubiera preferido ver la presentación de su nuevo trabajo sentado cómodamente en alguna sala (¿alguien dijo SCD?), acompañado sólo por un buen caño, con unas visuales tan sugestivas como las que adornan el arte del disco y no descolocado entre un público amigo que viene a celebrar. No olviden que algunos no hemos escuchado el disco, incluso nunca habíamos visto a Diego Morales en vivo (no djoteando). Tanto secretismo y hermetismo exigen una buena banda sonora. Que dure más. Que pegue. Que no se disuelva entre los indie-hits bailables del “Super 45 Soundsystem”.


Quedaré más “Calmao” cuando el dub sea realmente de los pobres, de los ricos, de los grandes, de los chicos, de los fomes y los mañosos.

 

Texto: Cristóbal Cornejo.
Foto: www.fotolog.com/quemasucabeza