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Ciertamente, “Lumiére”, espectáculo
ofrecido por Robin Guthrie el viernes pasado, tiene la característica
de ser, en la práctica, una experiencia única
e irrepetible. Cada vez que el guitarrista vuelve a montarla
seguramente es distinta.
Leyendo prensa nacional que se refería
a otras de las fechas del escocés por nuestro país,
cabe pensar que la de la discoteca santiaguina no fue de
las peores (al parecer, la de la Batuta estuvo pasando la
frontera hacia lo llamado “desastre”). Sin embargo,
la primera de sus presentaciones en Chile, tampoco fue una
maravilla. Pero no por culpa de Robin Guthrie, que quede
consignado.
La posibilidad de asistir al show del británico
en la famosa discoteca era ciertamente viable desde el punto
de vista económico (tickets a menos de cinco lucas).
Las hordas ligadas al mercado de la música gótica
-vieja y nueva escuela: unos y otros se proyectaban como
públicos cautivos por razones, sea, sentimentales
o de taquilla)- prometían un recinto teñido
de negro y del turbador glamour vampírico.
Personalmente, la carrera de Cocteau Twins
merece todo mi respeto y admiración; los dos primeros
discos, más siniestros y sombríos, el clímax
gaseoso pasada la mitad de los ochentas y momentos brillantes
de los últimos tiempos como “Four-Calendar
Cafe” (Capitol, 1993), son joyitas de la elegancia
y temple sónico británico. Además el
trío nunca cayó en la autoparodia o en la
explotación de las irregulares relaciones entre los
miembros de la banda, aunque la prensa siempre insistiera
en aquello. Por su parte, Guthrie ha cosechado silenciosamente
una carrera solista tras el quiebre de los Twins. Últimamente,
seguí con ligereza algunas de sus incursiones en
bandas sonoras, porque el proyecto llamado “Violet
Indiana” había terminado por alejarme del músico
en su momento (2001). Ante lo baladí de éste,
opté por quedarme con el recuerdo de su obra capital.
En ese sentido, Guthrie es como un huérfano.
En el escenario eso se nota. Y es como huérfano de
una belleza espiritual que se le escapa entre los dedos.
Si antes era la mágica voz de su Elizabeth Fraser
la que lo opacaba, hoy se refugia a una orilla del escenario,
delante de enormes visuales luminosas. Su humildad, bajo
perfil y sus escasas pretensiones más allá
de lo estrictamente artístico son elocuentes y en
ningún momento tiene aires imbéciles (que
bien podría tenerlos) o malos gestos hacia el público
(se nota, también, la nula expectativa que tiene
de la audiencia).
Esto último es valiosísimo,
ya que, sin duda, las condiciones que genera su actuación
en el marco de una reunión gótica son peligrosas.
Ha habido casos en Blondie en los que el comportamiento
de la audiencia y de la organización (música
fuerte desde otra pista, por ejemplo) han sido más
bien indeseables. La mayoría de los presentes conversan,
se ríen muy alto, expresan opiniones apresuradas,
etc, lo que no permite entrar completamente en lo propuesto.
Y esto no fue excepción en el show de Guthrie: una
propuesta audiovisual, multimedial y etérea, en lo
musical, exige un ambiente de mayor silencio y atención.
La idea es ser absorbido y eso no se logró (salvo
quizás en la primera línea de público).
Particularmente, me distraigo fácilmente.
Un componente fuerte en la apuesta de Guthrie
es el hincapié que hace en las atmósferas.
Y las consigue echando mano a muchas capas de guitarras,
alguna base ambiental y casi nula presencia de voz y percusión.
En eso se aleja bastante del trabajo con su antigua banda.
Y a la vez debe ser un desafío bien personal, lograr
un trabajo integral sin la presencia de una voz (aquel elemento
musical al que es una inclinación natural rendirle
pleitesía), sin la inmediatez de una presencia humana,
orgánica, que hechice y acapare la atención.
En este sentido, debe ser mucho más interesante para
Guthrie intentar trabajar con imágenes ajenas e incluso
colaborar en su producción, en las ideas, etc, como
forma de diversificar y dar nuevas cauces a su talento creativo
(más allá del estudio de grabación),
tantos años entregado a la creación más
bien solitaria (como principal compositor de los proyectos
donde ha trabajado, digo) junto su guitarra y la pedalera
de efectos.
Lo que ocurrió en Blondie deja un
sabor extraño, casi tan etéreo como “Lumiere”,
show de una hora que mezcló imágenes antiguas
y nuevas realizadas por el propio Guthrie y canciones de
sus dos discos solista a la fecha (o “instrumentales”,
como el propio músico prefiere llamarlos), Imperial
(2003) y Continental (2006) –discos que conozco muy
a la ligera como para citar que piezas estuvieron presentes-.
Tras el huracán de sensaciones que provocó
en mi la actuación, con los bellos momentos instrumentales
conjugándose con las dudosas actitudes del público,
no me quedó más que pensar que al final es
como la vida misma: tanta dificultad para hacerse de belleza
entre el mar de mal gusto, egoísmo y velocidad de
nuestros tiempos. Y, después, no me quedó
otra que emborracharme.
Otro show más que habría
ganado mil puntos montándose en una sala de cine,
por ejemplo. En un lugar que hubiese aportado la cuota de
serenidad y solemnidad que requiere la invitación
que nos hace el introspectivo señor del pop de ensueño.
Texto por
Cristóbal Cornejo
Foto: www.blondie.cl
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