Robin Guthrie. Viernes, 1 de junio de 2007. Blondie, Santiago.

Ciertamente, “Lumiére”, espectáculo ofrecido por Robin Guthrie el viernes pasado, tiene la característica de ser, en la práctica, una experiencia única e irrepetible. Cada vez que el guitarrista vuelve a montarla seguramente es distinta.

Leyendo prensa nacional que se refería a otras de las fechas del escocés por nuestro país, cabe pensar que la de la discoteca santiaguina no fue de las peores (al parecer, la de la Batuta estuvo pasando la frontera hacia lo llamado “desastre”). Sin embargo, la primera de sus presentaciones en Chile, tampoco fue una maravilla. Pero no por culpa de Robin Guthrie, que quede consignado.

La posibilidad de asistir al show del británico en la famosa discoteca era ciertamente viable desde el punto de vista económico (tickets a menos de cinco lucas). Las hordas ligadas al mercado de la música gótica -vieja y nueva escuela: unos y otros se proyectaban como públicos cautivos por razones, sea, sentimentales o de taquilla)- prometían un recinto teñido de negro y del turbador glamour vampírico.

Personalmente, la carrera de Cocteau Twins merece todo mi respeto y admiración; los dos primeros discos, más siniestros y sombríos, el clímax gaseoso pasada la mitad de los ochentas y momentos brillantes de los últimos tiempos como “Four-Calendar Cafe” (Capitol, 1993), son joyitas de la elegancia y temple sónico británico. Además el trío nunca cayó en la autoparodia o en la explotación de las irregulares relaciones entre los miembros de la banda, aunque la prensa siempre insistiera en aquello. Por su parte, Guthrie ha cosechado silenciosamente una carrera solista tras el quiebre de los Twins. Últimamente, seguí con ligereza algunas de sus incursiones en bandas sonoras, porque el proyecto llamado “Violet Indiana” había terminado por alejarme del músico en su momento (2001). Ante lo baladí de éste, opté por quedarme con el recuerdo de su obra capital.

En ese sentido, Guthrie es como un huérfano. En el escenario eso se nota. Y es como huérfano de una belleza espiritual que se le escapa entre los dedos. Si antes era la mágica voz de su Elizabeth Fraser la que lo opacaba, hoy se refugia a una orilla del escenario, delante de enormes visuales luminosas. Su humildad, bajo perfil y sus escasas pretensiones más allá de lo estrictamente artístico son elocuentes y en ningún momento tiene aires imbéciles (que bien podría tenerlos) o malos gestos hacia el público (se nota, también, la nula expectativa que tiene de la audiencia).

Esto último es valiosísimo, ya que, sin duda, las condiciones que genera su actuación en el marco de una reunión gótica son peligrosas. Ha habido casos en Blondie en los que el comportamiento de la audiencia y de la organización (música fuerte desde otra pista, por ejemplo) han sido más bien indeseables. La mayoría de los presentes conversan, se ríen muy alto, expresan opiniones apresuradas, etc, lo que no permite entrar completamente en lo propuesto. Y esto no fue excepción en el show de Guthrie: una propuesta audiovisual, multimedial y etérea, en lo musical, exige un ambiente de mayor silencio y atención. La idea es ser absorbido y eso no se logró (salvo quizás en la primera línea de público). Particularmente, me distraigo fácilmente.

Un componente fuerte en la apuesta de Guthrie es el hincapié que hace en las atmósferas. Y las consigue echando mano a muchas capas de guitarras, alguna base ambiental y casi nula presencia de voz y percusión. En eso se aleja bastante del trabajo con su antigua banda. Y a la vez debe ser un desafío bien personal, lograr un trabajo integral sin la presencia de una voz (aquel elemento musical al que es una inclinación natural rendirle pleitesía), sin la inmediatez de una presencia humana, orgánica, que hechice y acapare la atención. En este sentido, debe ser mucho más interesante para Guthrie intentar trabajar con imágenes ajenas e incluso colaborar en su producción, en las ideas, etc, como forma de diversificar y dar nuevas cauces a su talento creativo (más allá del estudio de grabación), tantos años entregado a la creación más bien solitaria (como principal compositor de los proyectos donde ha trabajado, digo) junto su guitarra y la pedalera de efectos.

Lo que ocurrió en Blondie deja un sabor extraño, casi tan etéreo como “Lumiere”, show de una hora que mezcló imágenes antiguas y nuevas realizadas por el propio Guthrie y canciones de sus dos discos solista a la fecha (o “instrumentales”, como el propio músico prefiere llamarlos), Imperial (2003) y Continental (2006) –discos que conozco muy a la ligera como para citar que piezas estuvieron presentes-.
Tras el huracán de sensaciones que provocó en mi la actuación, con los bellos momentos instrumentales conjugándose con las dudosas actitudes del público, no me quedó más que pensar que al final es como la vida misma: tanta dificultad para hacerse de belleza entre el mar de mal gusto, egoísmo y velocidad de nuestros tiempos. Y, después, no me quedó otra que emborracharme.

Otro show más que habría ganado mil puntos montándose en una sala de cine, por ejemplo. En un lugar que hubiese aportado la cuota de serenidad y solemnidad que requiere la invitación que nos hace el introspectivo señor del pop de ensueño.

 

Texto por Cristóbal Cornejo
Foto: www.blondie.cl