Jacobinos Discos Sesión. Miércoles 26 de Julio de 2006, Sala SCD Bellavista, Santiago..

 

El miércoles a las 7 de la tarde, Santiago se reponía de una intensa lluvia de casi 24 horas. Luego vendría el turno del frío y, a la mañana siguiente, disfrutar – aunque tan sólo por un par de días- de la imagen blanquecina y radiante de la cordillera andina. Sin embargo, a las 6.30 de la tarde de aquel miércoles, las esperanzas de un público masivo a una nueva fecha del ciclo en vivo organizado por la página mus.cl, eran escasas. Tan sólo valientes y poseedores de automóvil serían los seguros asistentes. Al principio fue así, pero tras iniciada la jornada, la sala chica de la SCD de Bellavista comenzó a tomar vida, entre las cómodas sillas dispuestas para ver el show y las cálidas luces que desde el escenario iluminaban el lugar.

Musicalmente, la marcha la inició Namm -especie de anfitrión jacobino- manipulando en vivo los sonidos venidos desde su propia voz, los rebotes de un dado sobre la mesa o los suaves golpes a unos trastos de fierro, en un ejercicio de electroacústica, con intensidad creciente y de un sabor muy orgánico, a pesar de su mirada fija en el laptop. Una actuación breve, como de introducción, y suave (lejana a la intimidación, a veces mostrada en actos de Papas Fritas, por ejemplo), con una fijación extrema en el sonido, de exquisita masturbación sensorial, para finalizar abruptamente sobre una base que de a poco fue encaramándose entre los ruidos repetidos y superpuestos.

Tras el anfitrión, el turno de Augías Amena. Como la degustación de sonidos desplegada por Namm había dejado la puerta sensorial entreabierta, lo de este músico vendría a ser como cuando una corriente de aire irrumpe, hasta hacerla golpear contra la muralla. Y es una irrupción muy positiva, en relación a los estados anímicos. A base de baterías precisas (o beats mutantes, que lo emparientan con las delicias percutidas vía Aphex Twin, Autechre o Squarepusher), armó un set en concordancia con las visuales de J.Luzoro (si es que la investigación nominal posterior no me falló), donde la sensación que predominó en mi fue de optimismo y color (a diferencia de lo que por las referencias podría pensarse), como sci fi de última generación, y donde se trasciende la manipulación en vivo para centrarse en … canciones (¿?) que buscan crear unas atmósferas determinadas. Desde el sillón o desde la pista, si se logra entrar en el ritmo de Amena (y ojo, que aquí no se encontrará nada que revolucione el beat o algo parecido –porque no existe ni pareciera ser el objetivo), lo más probable es que sea la cabeza quien más satisfecha quede.

De Gepe se ha hablado tanto. En diversos circulillos (el “illo” más bien por lo pequeño de aquellos círculos. Nada personal) ha pasado de ser un talentoso músico de bajo perfil a la nueva vedette de los medios. Y en menos de 6 meses. No es para tanto. Ni siquiera para algo. Según yo, simplemente son conjunciones que ocurren en un momento determinado. Y él tuvo la suerte (entendida como la posibilidad de tocar –y ser tocado- en otros lugares y para otras gentes y de conocer otros músicos valiosos) de estar ahí. Y claro, los medios se aprovechan como buitres. En fin, lejano a polémicas sobre su calidad, originalidad y proyecto, del “tímido” Daniel Riveros no puede hablarse mal. Cuando subió hasta el escenario, sólo con su guitarra, comprendemos el porqué de tanto alboroto. Y terminamos reencantándonos (obviamente, si lo tuyo es ir por la vida abierto a las sensaciones y las emociones, sin prejuicios de por medio), nos quedamos en silencio para apreciar la voz del niño mimado, que desenfunda cuatro temas nuevos -sin editar-, mezclando algo de electrónica y folclor (un primer tema muy parecido en la métrica de cantar de la Mena y con una base a lo Animal Collective, repetitiva y casi estridente, pero no tan neurótica). Si nos detenemos un segundo y nos dejamos seducir por la tibieza de su voz y su presencia, concluimos que este joven podría haber sido uno más de los cantantes de peñas. Pero no. Le tocó algo con mejor suerte. Me inclino a pensar que las cosas caen (y suben) por su propio peso. Muy agradable para un día lluvioso.

Una de las mejores cosas que tuvo este encuentro de los amigos de San Miguel fue la decisión de hacer un intermedio. Necesario para recuperar fuerzas, oído y estirar las piernas. Volvimos, así, pasado unos 15 minutos para ver la actuación de un proyecto llamado Les Chicci (dúo por Farabeuf y un guitarra acústica del que no supe su nombre), algo así como una ‘humorada experimental’ (más que una intención grave de experimentar), con elementos como la mencionada guitarra (bien maltratada a ratos), un charango, acordeón y computador. Al comienzo, con una sólida base sintética, recordó a Aves de Chile, por el uso de las cuerdas, pero al pasar el set terminamos confundiéndonos sobre cuales serían las verdaderas intenciones de este dúo (en un tema, acompañados de Pablo Flores en la percusión). Y sólo hasta la presentación hecha por Sampieri, caímos en cuenta que se trataban de… covers (¿?). Pasaron, así, Tourette’s de Nirvana (fue el primero y no caí hasta que la soplaron); un tema de ELO, intervenido a punta de cuerdas y acordeón, y que derivó en una pieza ambiental-subliminal digna de supermercado. Y para finalizar, lo que sería a fin de cuentas, lo más gracioso: una versión del tema Creep de Radiohead, con voces intervenidas en tiempo real (como si Albin de las ardillas estuviese al micro, agripado), tras una capa de ruido blanco a ritmo de ragga, en un ejercicio que, recordó también, las deconstrucciones que hace el Colectivo Animal a un par de temas de Nirvana. Resultado: aplauso espontáneo por lo lúdico del asunto y posterior cuchicheo entre el público.

La suspendida actuación del impredecible Calostro, dio paso a que fuese Namm quien nuevamente subiese al escenario, esta vez para hacer una elegante sesión de minimalismo pop ambient (¡si!, a la Kompakt); un manojo de sonidos, sensorialmente muy estimulantes si te agrada lo totalmente digital. Entre la fineza, lo justo de glitches para adornar el paisaje y un jugueteo, constante a lo largo de la noche, con el balance de los parlantes, hizo de esta presentación un festín auditivo, aunque muy evidentemente en la vena del sello alemán mencionado (lo que per se no es malo, pero nos hace imposible evitar la comparación y comprobar un aciago ejercicio de estilo, si es que no hay mayores signos de identidad).
Y Así de nuevo, Augías Amena, esta vez con un set más oscuro, pero igual de “bailable” que el anterior. Jugando con el breakbeat y el balance de los parlantes, supo sacar el jugo a los elementos que ocupa -como el software gratuito Buzz Machines, con el que configura a cabalidad su último disco, “Volver Rojo” – y sumergirnos, con atisbos de música incidental, en una persecución futurista a toda velocidad por las calles de… Tokio, Berlín o Santiago. A volumen alto, diversión asegurada.

Gepe había empezado a tocar con la guitarra desenchufada (gentileza Ibanez y las cosas de la fama), hasta que un improvisado roadie le sacó del ensimismamiento. Se despachó, entonces, una nueva serie de canciones –dos de ellas nuevas y letrísticamente muy curiosas- y dos del “Gepinto”, seguramente para dejar contento a más de algún curioso que vino a verlo por primera vez. Bajo perfil, cero bis ni presunciones al respecto. Aplausos.

Majaz (Feña Mancilla) es un roedor de la selva Amazónica y Sajino (Leonardo Ahumada) es un cerdo, según explicó el primero. Juntos fueron el dúo encargado de cerrar la noche con una improvisación a cargo de Ahumada en las perillas, tornamesa y cachivaches varios y Mancilla en una guitarra diseccionada en su puente en varios trozos (separados por un fierro) a los que se iba a sometiendo a golpes con elementos de distinta materialidad (palos, fierros, latas). Con buenos momentos de silencio -arrumados por el vinilo que, indescubrible, lanzaba trozos de canciones- y grabaciones de campo que Mancilla manipulaba desde una grabadora, se convirtieron en el momento auditivamente más complejo de la noche, por la variedad de sonidos en que hurgaron. Se escucharon animales, pájaros, bien selvático todo, y hubo tiempo para tocar discretamente una flauta y un instrumento que después supe que se llamaba Colombina (procedente de argentina y que es como una especie de arpa, pero como de juguete). Juntos se veían bien complementados, uno en su vocación de manipulador de máquinas y discos y el otro ultrajando a la guitarra, según dictara el pulso del momento.

Con un ambiente agradable y con la satisfacción de haber cumplido con una velada extensa, pero apetitosa a todo momento, los insurgentes, generosos por naturaleza, dan por finalizada una noche de sonidos, unos más, otros menos, combinables con la lluvia, que ahora a dado paso a un frío de los que inflaman los oídos.

 

Texto: Cristóbal Cornejo.
Fotos Archivo: Alvaro Daguer.