Musicalmente,
la marcha la inició Namm -especie de anfitrión
jacobino- manipulando en vivo los sonidos venidos desde
su propia voz, los rebotes de un dado sobre la mesa o los
suaves golpes a unos trastos de fierro, en un ejercicio
de electroacústica, con intensidad creciente y de
un sabor muy orgánico, a pesar de su mirada fija
en el laptop. Una actuación breve, como de introducción,
y suave (lejana a la intimidación, a veces mostrada
en actos de Papas Fritas, por ejemplo), con una fijación
extrema en el sonido, de exquisita masturbación sensorial,
para finalizar abruptamente sobre una base que de a poco
fue encaramándose entre los ruidos repetidos y superpuestos.
Tras el anfitrión, el turno de Augías
Amena. Como la degustación de sonidos desplegada
por Namm había dejado la puerta sensorial entreabierta,
lo de este músico vendría a ser como cuando
una corriente de aire irrumpe, hasta hacerla golpear contra
la muralla. Y es una irrupción muy positiva, en relación
a los estados anímicos. A base de baterías
precisas (o beats mutantes, que lo emparientan con las delicias
percutidas vía Aphex Twin, Autechre o Squarepusher),
armó un set en concordancia con las visuales de J.Luzoro
(si es que la investigación nominal posterior no
me falló), donde la sensación que predominó
en mi fue de optimismo y color (a diferencia de lo que por
las referencias podría pensarse), como sci fi de
última generación, y donde se trasciende la
manipulación en vivo para centrarse en … canciones
(¿?) que buscan crear unas atmósferas determinadas.
Desde el sillón o desde la pista, si se logra entrar
en el ritmo de Amena (y ojo, que aquí no se encontrará
nada que revolucione el beat o algo parecido –porque
no existe ni pareciera ser el objetivo), lo más probable
es que sea la cabeza quien más satisfecha quede.
De Gepe se ha hablado tanto. En diversos
circulillos (el “illo” más bien por lo
pequeño de aquellos círculos. Nada personal)
ha pasado de ser un talentoso músico de bajo perfil
a la nueva vedette de los medios. Y en menos de 6 meses.
No es para tanto. Ni siquiera para algo. Según yo,
simplemente son conjunciones que ocurren en un momento determinado.
Y él tuvo la suerte (entendida como la posibilidad
de tocar –y ser tocado- en otros lugares y para otras
gentes y de conocer otros músicos valiosos) de estar
ahí. Y claro, los medios se aprovechan como buitres.
En fin, lejano a polémicas sobre su calidad, originalidad
y proyecto, del “tímido” Daniel Riveros
no puede hablarse mal. Cuando subió hasta el escenario,
sólo con su guitarra, comprendemos el porqué
de tanto alboroto. Y terminamos reencantándonos (obviamente,
si lo tuyo es ir por la vida abierto a las sensaciones y
las emociones, sin prejuicios de por medio), nos quedamos
en silencio para apreciar la voz del niño mimado,
que desenfunda cuatro temas nuevos -sin editar-, mezclando
algo de electrónica y folclor (un primer tema muy
parecido en la métrica de cantar de la Mena y con
una base a lo Animal Collective, repetitiva y casi estridente,
pero no tan neurótica). Si nos detenemos un segundo
y nos dejamos seducir por la tibieza de su voz y su presencia,
concluimos que este joven podría haber sido uno más
de los cantantes de peñas. Pero no. Le tocó
algo con mejor suerte. Me inclino a pensar que las cosas
caen (y suben) por su propio peso. Muy agradable para un
día lluvioso.

Una de las mejores cosas que tuvo este
encuentro de los amigos de San Miguel fue la decisión
de hacer un intermedio. Necesario para recuperar fuerzas,
oído y estirar las piernas. Volvimos, así,
pasado unos 15 minutos para ver la actuación de un
proyecto llamado Les Chicci (dúo por Farabeuf y un
guitarra acústica del que no supe su nombre), algo
así como una ‘humorada experimental’
(más que una intención grave de experimentar),
con elementos como la mencionada guitarra (bien maltratada
a ratos), un charango, acordeón y computador. Al
comienzo, con una sólida base sintética, recordó
a Aves de Chile, por el uso de las cuerdas, pero al pasar
el set terminamos confundiéndonos sobre cuales serían
las verdaderas intenciones de este dúo (en un tema,
acompañados de Pablo Flores en la percusión).
Y sólo hasta la presentación hecha por Sampieri,
caímos en cuenta que se trataban de… covers
(¿?). Pasaron, así, Tourette’s de Nirvana
(fue el primero y no caí hasta que la soplaron);
un tema de ELO, intervenido a punta de cuerdas y acordeón,
y que derivó en una pieza ambiental-subliminal digna
de supermercado. Y para finalizar, lo que sería a
fin de cuentas, lo más gracioso: una versión
del tema Creep de Radiohead, con voces intervenidas en tiempo
real (como si Albin de las ardillas estuviese al micro,
agripado), tras una capa de ruido blanco a ritmo de ragga,
en un ejercicio que, recordó también, las
deconstrucciones que hace el Colectivo Animal a un par de
temas de Nirvana. Resultado: aplauso espontáneo por
lo lúdico del asunto y posterior cuchicheo entre
el público.
La suspendida actuación del impredecible
Calostro, dio paso a que fuese Namm quien nuevamente subiese
al escenario, esta vez para hacer una elegante sesión
de minimalismo pop ambient (¡si!, a la Kompakt); un
manojo de sonidos, sensorialmente muy estimulantes si te
agrada lo totalmente digital. Entre la fineza, lo justo
de glitches para adornar el paisaje y un jugueteo, constante
a lo largo de la noche, con el balance de los parlantes,
hizo de esta presentación un festín auditivo,
aunque muy evidentemente en la vena del sello alemán
mencionado (lo que per se no es malo, pero nos hace imposible
evitar la comparación y comprobar un aciago ejercicio
de estilo, si es que no hay mayores signos de identidad).
Y Así de nuevo, Augías Amena, esta vez con
un set más oscuro, pero igual de “bailable”
que el anterior. Jugando con el breakbeat y el balance de
los parlantes, supo sacar el jugo a los elementos que ocupa
-como el software gratuito Buzz Machines, con el que configura
a cabalidad su último disco, “Volver Rojo”
– y sumergirnos, con atisbos de música incidental,
en una persecución futurista a toda velocidad por
las calles de… Tokio, Berlín o Santiago. A
volumen alto, diversión asegurada.
Gepe había empezado a tocar con
la guitarra desenchufada (gentileza Ibanez y las cosas de
la fama), hasta que un improvisado roadie le sacó
del ensimismamiento. Se despachó, entonces, una nueva
serie de canciones –dos de ellas nuevas y letrísticamente
muy curiosas- y dos del “Gepinto”, seguramente
para dejar contento a más de algún curioso
que vino a verlo por primera vez. Bajo perfil, cero bis
ni presunciones al respecto. Aplausos.
Majaz (Feña Mancilla) es un roedor
de la selva Amazónica y Sajino (Leonardo Ahumada)
es un cerdo, según explicó el primero. Juntos
fueron el dúo encargado de cerrar la noche con una
improvisación a cargo de Ahumada en las perillas,
tornamesa y cachivaches varios y Mancilla en una guitarra
diseccionada en su puente en varios trozos (separados por
un fierro) a los que se iba a sometiendo a golpes con elementos
de distinta materialidad (palos, fierros, latas). Con buenos
momentos de silencio -arrumados por el vinilo que, indescubrible,
lanzaba trozos de canciones- y grabaciones de campo que
Mancilla manipulaba desde una grabadora, se convirtieron
en el momento auditivamente más complejo de la noche,
por la variedad de sonidos en que hurgaron. Se escucharon
animales, pájaros, bien selvático todo, y
hubo tiempo para tocar discretamente una flauta y un instrumento
que después supe que se llamaba Colombina (procedente
de argentina y que es como una especie de arpa, pero como
de juguete). Juntos se veían bien complementados,
uno en su vocación de manipulador de máquinas
y discos y el otro ultrajando a la guitarra, según
dictara el pulso del momento.
Con un ambiente agradable y con la satisfacción
de haber cumplido con una velada extensa, pero apetitosa
a todo momento, los insurgentes, generosos por naturaleza,
dan por finalizada una noche de sonidos, unos más,
otros menos, combinables con la lluvia, que ahora a dado
paso a un frío de los que inflaman los oídos.
Texto: Cristóbal Cornejo.
Fotos Archivo: Alvaro Daguer.
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