Lvna in Caelo

Lvna in Caelo + Valentina + Transito. Domingo, 1 de Octubre de 2006, Teatro Facetas, Santiago.

 

TTras una década de trabajo, Lvna in Caelo se ha preocupado siempre por la dignidad artística. No cabe duda, que las condiciones para que su trabajo sea apreciado en su totalidad –y por supuesto, placenteramente- deben ser las adecuadas. Silencio, respeto, pulcritud, son algunas de las necesarias circunstancias para que su hipnotismo cumpla su efecto catártico y nos devuelva la ansiada transparencia. Por eso, la ocupación del Teatro Facetas se transforma en un elemento que avisa sobre la posibilidad de dotar a este espacio de sonidos, colores y personas no precisamente cercanas al mundo de las tablas.

Valentina, trío penquista de bajo, guitarra y voz en escena -con dos discos a su haber-, fue el encargado de abrir la jornada. Con un pulso pop rock de aires más bien cálidos
-trasuntados por la presencia de su vocalista, Nadia Cottescu, la única presencia realmente expresiva sobre el escenario-, bebieron tanto de las atmósferas volátiles de My Bloody Valentine (¿acaso un tributo?) y Lush (“Androide”) como de la placentera melancolía del Cocteau Twins del “Four-Calendar Coffee” (“Días de Lluvia”). Con la guitarra eléctrica de Romilio Bascur como principal protagonista, desenredaron unas canciones de tremenda vocación pop, adornadas con atinados efectos de guitarra, que a la postre son el rasgo identitario de la banda, así como las bases electrónicas, que en casi todo momento simulan ser una batería real y en segundo plano, salvo en ocasiones en que diéronle un pulso electropop de sabor más moderno.

Valentina se mueve entre la calidez de sus canciones y la frialdad de su puesta en escena, y si la guitarra de Bascur no resultara tan envolvente y habilidosa en sus atmósferas y capas en el directo, la banda se acercaría a tonos pop sospechosamente más radiales y/o banales. Por lo mismo, la prolijidad de las atmósferas y del sonido se refleja mejor en su trabajo discográfico, que en la actuación apreciada por este humilde cronista.

Tránsito descolocó desde el comienzo con su sonido. Una introducción de batería que recordaba esas percusiones tipo fanfarria, sirvió de base para que la guitarra y el bajo desplegaran un ejercicio lleno de potencia y agudeza (la sección rítmica de la banda, destacó por sobre todas las cosas durante el concierto).

Tras la intro, una vocalista –que a la larga resultaría ser una corista con más participación que lo habitual en ellas- se batía a “duelo” con el guitarrista-cantante, que a su vez hizo ostentación de una gran cantidad de pedales de efectos, que más tenían que ver con lo lúdico-efectista que con una definitorio mandamiento de su sonido (esto último teniendo en cuenta el gusto por el minimalismo de quien escribe).

Así, la banda desplegó un arsenal de canciones pop, bañadas, con poca sutileza, con un aura rockera grandilocuente, que me sonó tanto a Los Planetas, como a Lucybell (raro, porque eran extrañamente más confiables y sinceros que éstos, aun sonando, por momentos, más radiales y livianos) y al post punk más siniestro por lo afilado de las guitarras y la cadencia de los bajos. De todas maneras, viendo a Tránsito, uno entiende lo que es una “banda-banda” de rock: sólida, compenetrada, de estructuras, roles, tiempos y momentos muy claros, lo que a la larga, independiente del grado de comunión que tengamos con su estilo, es un placer como show.

El tiempo, entonces, parece detenerse. Las cortinas se cierran y vuelven a abrirse con “Pena”, de aquel lejano disco de nombre “Aquellos desgarradores gritos llamados silencio” (1998, Toxic). Comprendemos, ahí, que la teatralidad de Lvna In Caelo está lejos de ser una propuesta inocente y a la ligera, invitándonos a adentrarnos en una plataforma estética que bebe tanto de la literatura y la visualidad, como de la música. Y en síntesis, la arquitectura de la banda nos conmueve, nos retuerce y nos obliga a reflexionar sobre aquellas cosas de nuestra existencia que más nos cuesta abordar con serenidad.

Alejandra Araya ritualiza todo lo que canta, a ratos se transforma en una gata negra, comodísima en su tenida casual, de ojos brillantes y tiernos, aullándole a la luna, en una sinfonía de lamentos que embruja al solitario y enloquece al Goethiano. La guitarra de Daniel Dávila logra tintes irreales, se cuela por los intersticios del teatro, revolotea sobre el escenario. Si antes, la ostentación de efectos no había pasado la frontera de lo lúdico, ahora no queda más que agradecerle a la técnica haber sintetizado para el hombre los murmullos surgidos desde el viento, las súplicas del bosque húmedo, los delirios de la mar embravecida.

Con un repertorio que incluyó canciones de todos sus discos, Lvna In Caelo demostró que diez de años de trabajo comprometido no han sido en vano. Y así lo entiende la decena de seguidores que ha llegado hasta el Teatro Facetas, para ver a la banda en un entorno confortable. Las referencias a la que los sonidos de Lvna In Caelo corresponde, son herencia de una tradición etérea y oscura, pero del negro más puro, como el del ébano -parafraseando a N.V- y a esta altura no son más que simpatías y concordancias que no alcanzan a explicar el conjunto, el todo maravilloso.

Con nuevo disco bajo el brazo, “Urdimbre” (2006, Lvna In Caelo), hicieron un recorrido equilibrado –quizás conscientes de la ansiedad de su público por sus no muy regulares presentaciones-, una ceremonia donde no cabe tiempo para la indiferencia, donde la prolijidad se demuestra hasta en las proyecciones que acompañan cada tema y, donde, Alejandra Araya oficia casi de sacerdotisa explicando, por ejemplo, en “Remedios” que la canción está dedicada a la pintora Remedios Varo o presentando la cueca “a lo Lvna In Caelo”, un ejercicio de adaptación que conserva todos los contrapuntos y la cadencia del original. Asimismo, se da tiempo para bromear con sus compañeros cuando presenta “Suavecito”, explicando que versa sobre “amores lejanos que esperamos no se repitan… ¿o si?”. Su voz a través de estos diez años se ha mimetizado con la del viento, pero no deja de sorprendernos su vibrato como de opereta, que cubre toda la atmósfera de una solemnidad que emociona como pocas cosas por estos tiempos. Así se suceden “Vigilia”, para flotar en el éter y donde batería y base se unen con disciplina milimétrica”, “Oruga” (¿acaso referencia kafkiana?) y “Trapecio”, uno de los momentos de más rápido pulso en la carrera de la banda; también suenan “Reflejo, “Llorar”, entre otras.

El público hechizado exige el bis, la banda no lo demora y nos regala “Marchito”, un clímax delicado, profundo, en que tristeza y euforia se dan la mano según el oyente, superponiéndose y erizando la piel. Un final mágico, donde aún tras varios minutos luego de su final la perplejidad y el sabor a eternidad transforman nuestro sueño en un completo placer, a pesar de que es domingo y los efectos posteriores de los brebajes consumidos el fin de semana siempre pretenden perturbar nuestro descanso.
Sólo queda agradecer, pero pareciera que Lvna In Caelo montó algún suspiro y enfiló rumbo a las estrellas.

 

Cristóbal Cornejo.