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una década de trabajo, Lvna in Caelo se ha preocupado
siempre por la dignidad artística. No cabe duda,
que las condiciones para que su trabajo sea apreciado en
su totalidad –y por supuesto, placenteramente- deben
ser las adecuadas. Silencio, respeto, pulcritud, son algunas
de las necesarias circunstancias para que su hipnotismo
cumpla su efecto catártico y nos devuelva la ansiada
transparencia. Por eso, la ocupación del Teatro Facetas
se transforma en un elemento que avisa sobre la posibilidad
de dotar a este espacio de sonidos, colores y personas no
precisamente cercanas al mundo de las tablas.
Valentina, trío penquista de bajo,
guitarra y voz en escena -con dos discos a su haber-, fue
el encargado de abrir la jornada. Con un pulso pop rock
de aires más bien cálidos
-trasuntados por la presencia de su vocalista, Nadia Cottescu,
la única presencia realmente expresiva sobre el escenario-,
bebieron tanto de las atmósferas volátiles
de My Bloody Valentine (¿acaso un tributo?) y Lush
(“Androide”) como de la placentera melancolía
del Cocteau Twins del “Four-Calendar Coffee”
(“Días de Lluvia”). Con la guitarra eléctrica
de Romilio Bascur como principal protagonista, desenredaron
unas canciones de tremenda vocación pop, adornadas
con atinados efectos de guitarra, que a la postre son el
rasgo identitario de la banda, así como las bases
electrónicas, que en casi todo momento simulan ser
una batería real y en segundo plano, salvo en ocasiones
en que diéronle un pulso electropop de sabor más
moderno.
Valentina se mueve entre la calidez de
sus canciones y la frialdad de su puesta en escena, y si
la guitarra de Bascur no resultara tan envolvente y habilidosa
en sus atmósferas y capas en el directo, la banda
se acercaría a tonos pop sospechosamente más
radiales y/o banales. Por lo mismo, la prolijidad de las
atmósferas y del sonido se refleja mejor en su trabajo
discográfico, que en la actuación apreciada
por este humilde cronista.

Tránsito descolocó desde
el comienzo con su sonido. Una introducción de batería
que recordaba esas percusiones tipo fanfarria, sirvió
de base para que la guitarra y el bajo desplegaran un ejercicio
lleno de potencia y agudeza (la sección rítmica
de la banda, destacó por sobre todas las cosas durante
el concierto).
Tras la intro, una vocalista –que
a la larga resultaría ser una corista con más
participación que lo habitual en ellas- se batía
a “duelo” con el guitarrista-cantante, que a
su vez hizo ostentación de una gran cantidad de pedales
de efectos, que más tenían que ver con lo
lúdico-efectista que con una definitorio mandamiento
de su sonido (esto último teniendo en cuenta el gusto
por el minimalismo de quien escribe).
Así, la banda desplegó un
arsenal de canciones pop, bañadas, con poca sutileza,
con un aura rockera grandilocuente, que me sonó tanto
a Los Planetas, como a Lucybell (raro, porque eran extrañamente
más confiables y sinceros que éstos, aun sonando,
por momentos, más radiales y livianos) y al post
punk más siniestro por lo afilado de las guitarras
y la cadencia de los bajos. De todas maneras, viendo a Tránsito,
uno entiende lo que es una “banda-banda” de
rock: sólida, compenetrada, de estructuras, roles,
tiempos y momentos muy claros, lo que a la larga, independiente
del grado de comunión que tengamos con su estilo,
es un placer como show.
El tiempo, entonces, parece detenerse.
Las cortinas se cierran y vuelven a abrirse con “Pena”,
de aquel lejano disco de nombre “Aquellos desgarradores
gritos llamados silencio” (1998, Toxic). Comprendemos,
ahí, que la teatralidad de Lvna In Caelo está
lejos de ser una propuesta inocente y a la ligera, invitándonos
a adentrarnos en una plataforma estética que bebe
tanto de la literatura y la visualidad, como de la música.
Y en síntesis, la arquitectura de la banda nos conmueve,
nos retuerce y nos obliga a reflexionar sobre aquellas cosas
de nuestra existencia que más nos cuesta abordar
con serenidad.
Alejandra Araya ritualiza todo lo que canta,
a ratos se transforma en una gata negra, comodísima
en su tenida casual, de ojos brillantes y tiernos, aullándole
a la luna, en una sinfonía de lamentos que embruja
al solitario y enloquece al Goethiano. La guitarra de Daniel
Dávila logra tintes irreales, se cuela por los intersticios
del teatro, revolotea sobre el escenario. Si antes, la ostentación
de efectos no había pasado la frontera de lo lúdico,
ahora no queda más que agradecerle a la técnica
haber sintetizado para el hombre los murmullos surgidos
desde el viento, las súplicas del bosque húmedo,
los delirios de la mar embravecida.
Con un repertorio que incluyó canciones
de todos sus discos, Lvna In Caelo demostró que diez
de años de trabajo comprometido no han sido en vano.
Y así lo entiende la decena de seguidores que ha
llegado hasta el Teatro Facetas, para ver a la banda en
un entorno confortable. Las referencias a la que los sonidos
de Lvna In Caelo corresponde, son herencia de una tradición
etérea y oscura, pero del negro más puro,
como el del ébano -parafraseando a N.V- y a esta
altura no son más que simpatías y concordancias
que no alcanzan a explicar el conjunto, el todo maravilloso.
Con nuevo disco bajo el brazo, “Urdimbre”
(2006, Lvna In Caelo), hicieron un recorrido equilibrado
–quizás conscientes de la ansiedad de su público
por sus no muy regulares presentaciones-, una ceremonia
donde no cabe tiempo para la indiferencia, donde la prolijidad
se demuestra hasta en las proyecciones que acompañan
cada tema y, donde, Alejandra Araya oficia casi de sacerdotisa
explicando, por ejemplo, en “Remedios” que la
canción está dedicada a la pintora Remedios
Varo o presentando la cueca “a lo Lvna In Caelo”,
un ejercicio de adaptación que conserva todos los
contrapuntos y la cadencia del original. Asimismo, se da
tiempo para bromear con sus compañeros cuando presenta
“Suavecito”, explicando que versa sobre “amores
lejanos que esperamos no se repitan… ¿o si?”.
Su voz a través de estos diez años se ha mimetizado
con la del viento, pero no deja de sorprendernos su vibrato
como de opereta, que cubre toda la atmósfera de una
solemnidad que emociona como pocas cosas por estos tiempos.
Así se suceden “Vigilia”, para flotar
en el éter y donde batería y base se unen
con disciplina milimétrica”, “Oruga”
(¿acaso referencia kafkiana?) y “Trapecio”,
uno de los momentos de más rápido pulso en
la carrera de la banda; también suenan “Reflejo,
“Llorar”, entre otras.
El público hechizado exige el bis,
la banda no lo demora y nos regala “Marchito”,
un clímax delicado, profundo, en que tristeza y euforia
se dan la mano según el oyente, superponiéndose
y erizando la piel. Un final mágico, donde aún
tras varios minutos luego de su final la perplejidad y el
sabor a eternidad transforman nuestro sueño en un
completo placer, a pesar de que es domingo y los efectos
posteriores de los brebajes consumidos el fin de semana
siempre pretenden perturbar nuestro descanso.
Sólo queda agradecer, pero pareciera que Lvna In
Caelo montó algún suspiro y enfiló
rumbo a las estrellas.
Cristóbal
Cornejo.
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