Los
calafates del puerto
Suena la guitarra, se pausa sobre su eco
y vuelve con insistencia. A su vez, el bajo marca lento
el viaje desenmascarado de la música, guíada
a lo lejos por una batería calculada, un vaivén
de armonías. Es Umbríankalafate, la banda
del cerro que contamina de frescura la noche penquista desde
el emergente Ruka Bar. Esta banda, como todo combo folclórico,
se muestra a lo lejos como una cofradía, el calor
de la hermandad se intuye desde que la luz comienza a desaparecer
del escenario. Señores, esto es el nuevo psicofolclor
chileno.
En la calle se manejan con otros nombres,
quizá más comunes y distantes, pero en la
banda, es la Pax (Carolina Pax Mercadal, bajo), Peluk (Pablo
Montalva, batería) y Nara (Cristián Bustamante,
guitarra) quienes fluyen en la música, danzan en
el aire. Todo es un fuego en el viento, un sonido que se
cola por tus oídos en forma de río. La agrupación
se encuentra en plena promoción de su disco “Psicofolclor”,
una placa que recupera todo lo que puede desparramar una
fusión de música de raíz, como la cueca
o el huayno con lo más evolucionado del rock. Mucho
se acostumbra a afirmar que dos más dos son tres,
en este caso es todo un acierto. La fusión, la jugada
interpretación de canciones enraizadas en nuestro
folclor con instrumentos excéntricos le dan a la
sala un aura de sana envoltura musical, delicada y transparente,
de la que el encanto es cómplice del escape. “Psicofolclor”
es una prueba de ello. Siete cortes ensamblados en un envoltorio
único, de modo que cada disco es una joya y cada
corte un descubrimiento.
Existen varias conexiones dentro de un
propio show, la danza y el escaso canto le otorgan a esta
música una orientación teatral que influye
a la hora de manejar conceptos, algo más atrevido
que incluso los nombres de sus canciones –“Ostiones
al pil pil”, entre varias composiciones grastronómicas-
o el sentido de un compás a veces regulado por sus
versos a un quiebre sin explicación. Vale destacar
también la inclusión de Omar Fortín
y la belleza infinita del guitarrón chileno. Es una
ronda, un sinfín de novedades que a cada paso alegres
sorprenden a una disparada asistencia. El escenario suda
y los parados bailan, aquellos en sus sillas mueven sin
parar sus pies. Tomados por asalto, las reseñas de
Jaivas desaparecen en un rock matemático, inquieto
y envolvente. Una, dos, hasta tres veces es necesario pedir
una nueva canción.
Un poco más tarde ya es la costumbre
del grupo local comenzar fuerte y ver en la marcha cómo
avanza. De la acogida hogareña e íntima de
Umbriankalafate pasamos al rock más voluminoso de
Supercabrón, una agrupación que ya se acomoda
sobre un sonido prematuramente potente, demasiado rápido
para quienes aún no despertaban del regazo porteño.
Perillas a cien y desorden que se funde con los matices
mas oscuros que en vivo muestra la placa homónima
de la banda y todo vuelve a cero, recomenzar en medio de
la más certera inyección de rock que hoy mantiene
al gran Concepción sumergido en su propia noche.
Termina el set y tan rápido como llegan, la banda
y el público se pierden en la neblina más
intrépida del invierno primaveral sureño.
La noche de los calafates color palta con instrumentos del
hombre lobo.
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Kaco San
Cristóbal.
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