La segunda placa de Camión es la convicción
de que las cosas van bien, de que el acoplado no
sufre mayores presiones y que el contenido varía
en su densidad a medida que el calor del viaje aumenta.
Qué es Subsuelo? La gran apuesta, los muchachos
lanzaron el primer disco, todo bien, todo ok, falta
algo de power acá y guau! El salto ya está
dado, y sigue todo cada vez mejor.
Desde la aparición de la banda dentro del
incipiente-circuito-independiente-capitalino en
2004, con una correcta placa homónima que
el grupo se ha armado de un buen sonido, de una
buena fama, lo que permite cultivar sus buenas ideas,
su inclinación por el lado bueno del rock
noventero, aquel de reseñas a lo añejo
y de valor. Camión en esta placa se desmarca
de responsabilidades novatas y adquiere otras de
mayor peso. Sus once cortes dan pie de cómo
el quinteto evoluciona dentro de su propia onda.
Entre tanto encontramos una serie de presentaciones,
hasta el cambio de baterista, la inclusión
de Andrés Geyger otorga matices, poder y
cohesión. El grunge se mantiene, las guitarras
suenan cada vez más afiladas, más
seguras incluso, convencen, al igual que un Nicolás
Rubio bien entregado a su posición, garra
en el canto y juego en la pluma, más aún,
la armónica es un regreso bastante blusero
(“Hambre y Sed”) que permite marcar
un antes/después de cómo una banda
lanza un disco, y de cómo saca otro elaborado
y mucho mejor. Es una evolución la que encontramos
acá, la respuesta a las expectativas que
había sobre los hermanos Astaburuaga y compañía,
una respuesta certera, llena de triunfo y rock and
roll.
En definitiva, los bonos sobre Camión aumentan,
perduran. Si bien todavía no es una gran
máquina, esta agrupación crece a medida
que el camino se atraviesa por su sendero, de seguro
que a esta velocidad pronto tendremos un trailer
de rock nacional. Por mientras, el ritmo nos lleva
por cuarenta minutos de guitarras frescas, de lírica
urbana, descorazonada y en búsqueda de la
señal que nos permita saltar caminos y sólo
avanzar.
Kaco
San Cristóbal.