Patrick Wolf suena maduro. Muy serio. Seguro y resuelto. Musicalmente, vocalmente y líricamente. Uno nunca se imaginaría que es un chico de veinte años, flaco y de pelo teñido, que desde los 11 juega a explorar todos los instrumentos que pasaron por sus manos. Después se aventuró con los computadores. Desde ahí no ha parado. Siempre inquieto, debutó en el 2003 con el aclamado “Lycanthropy” (un discazo de “pop lobuno” como lo rotuló Rock de Luxe), transformándose en el niño regalón de los críticos británicos.
Wolf (violinista, a esta altura convertido en multi-instrumentista, y compositor de todas sus canciones), vuelve de nuevo este año con otro discazo que mete en la juguera la misma fórmula: pop, folk y electrónica de habitación, sin ser ninguno de los tres ingredientes el protagonista de la historia. Wolf y su poesía es el único protagonista.
Este “Wind in Wires” es de esos discos que al final, la música y las letras, terminan develando más que nada una cosa: a su autor. O al menos la fertilidad creativa del autor. Elegante, volátil, místico, incluso apocalíptico, desde su sitial de “borderliner”.
Este disco, comparado con el antecesor, parece más sincero, con esos pianos, violines y hasta ukeleles, con esos paseos solitarios junto a los acantilados, pero para nada más sencillo. No confundirse. Su voz, en momento, recuerda a Ian McCulloch y al Wayne Hussey más acústico. Wolf nos habla de naturaleza, con repeticiones claras: el océano, el viento, pájaros, las estaciones del año, tormentas, lloviznas, truenos, las olas, las rocas, los animales, en fin, todo lo que tenga que ver con una obra germinada en un lugar alejado del cemento y el ruido. Wolf parece liberarse de esta manera. Lo aclara en “The Libertine”, el primer tema: “So i’ve got to go / I’ve got to go, so here i go / I’m going go to run the risk of being free” y pareciera este disco ser la manera que tiene de desnudar sus ansias y contarnos su sueños: “I see a small house / Built on the sea / I could live there alone / With a horse and a ukelele”, canta en “The Gipsy King”.
El disco transporta a parajes sureños (bueno, depende del país), de bosques, humedad, microorganismo, musgo, líquenes. Así mismo, Wolf explica con suma claridad la sensación –que no pocos hemos sentido- de influencia anímica que ejerce el invierno, los días nublados, las tormentas y el ver los árboles remecerse por el viento desde la ventana de una cabaña de madera. Una sensación que va desde la tristeza hasta la perplejidad estética.
Un disco bello, sencillo en la forma no así en el fondo, no sabría afirmar si conceptual (las letras son bastantes crípticas después de todo), pero con la habilidad pop que nos hace engancharnos tal como cuando, de noche en nuestra cama, sentimos como empiezan a caer las gotas de lluvia una a una sobre el techo y en cosa de minutos una tormenta amenaza con llevarse hasta la casa del perro.
Cristobal Cornejo .