Tsunamis
Tsunamis
Gmhb 2004



Un grito es un acto natural del ser humano. Sale de nuestras cuerdas vocales por varias causas: pisar un auto de juguete a pie pelado, ver un partido de nuestra selección (grito negativo o positivo según el caso...sí, claro) o luego de ingerir varias dosis de alcohol etílico, sólo por el placer de soltar energías y varias toxinas. Es un canalizador de distintos estados emocionales, que, en definitiva, sirve para lo que quieras. Es un clásico instrumento postmoderno para soltar cualquier tensión, no por nada “El grito” de Munch, es considerado el cuadro representativo del siglo XX. Pura histeria colectiva acumulada.

Tsunamis en su disco homónimo, saben muy bien cómo utilizar el grito. No se trata de gritar por gritar. No es por sonar “tarreros” y “coléricos” como diría algún padre cincuentón. Los fonemas bulliciosos son un instrumento más, un discurso válido y coherente, porque cada canción de estos cuatro muchachos es un tratado a la desesperación y la rabia. Un acto obsesivo que se traduce en turbulentas y arrasadoras melodías o estridencias, como quieran decirle. No por nada se llaman como se llaman.

Y que mejor que cantarle a algo que te puede hacer gritar de excitación y de empelotamiento a la vez. Sí señores, el amor. Como dijo Jesse en Antes del amanecer, “el amor es la cosa más extraña del mundo (...) todo eso del amor altruista y bla bla bla, es mentira, pura mentira”. Hay más obsesión y posesión de la que quisiéramos.

Con este disco no encontrarán frases al ocaso, las mariposas o las flores, excepto por las apariciones de una rosa tatuada en la espalda de la chica de la portada o el nombre de la diva de turno: Rosita Queen. Acá hay algo más visceral. Y no podría ser de otra manera, ya que las canciones de Tsunamis vienen de ahí. De la bilis, del páncreas, del apéndice y de los movimientos peristálticos de Goli (el hombre al frente de la banda) mientras se encuentra poseído por alguna distorsión. Sólo desde lo íntimo de una mente convulsionada salen frases tan cargadas de romanticismo como “dame más en mi espalda, dame más amor” “(In Flames”), “no quiero verte reír” (“Hey tú!”), “quiero bañarte y jabonar yo” (“Rosita queen”). Dulces frases para animar cualquier relación, ¿no?

Cada uno de los seis temas que componen este disco parecen quemaduras. Al principio te cobijan y te dan el calor necesario para no soltarlas, pero transcurridos unos minutos la situación se pone extrema. Las guitarras se aceleran, la batería comienza a desarmarse, las cuerdas del bajo vibran sin control y la garganta comienza a vomitar. Cada cual parece estar siendo sobrecalentado por su instrumento, tanto así que quieren soltarlo y arrojarlo lo más fuerte que se pueda. Y ante tal situación es imposible no soltar alaridos. Por esto, los gritos de Tsunamis no suenan a cliché rock, sino a la secuencia lógica de sus composiciones. Tal vez la canción símbolo de lo dicho sea “Donde estás”. Un comienzo pausado y simple, pero con una agonía impregnada en cada frase. Todo sigue su curso hasta que ya es imposible mantener la tensión. Simplemente, no se puede contener. Sólo queda el desahogo. Y no hablo de llorar bajo la almohada. No señor, las frase directas “en-tu-cara”.

Su música no presenta experimentaciones complejas o guitarreos con aires de virtuosismo. Lo de ellos es otra parada, un sonido abrasador que puede ser reinterpretado en la manera que más te plazca. Tal como un grito, Tsunamis se convierte en un canal para expresar una variedad de estados sicosomáticos. Pero no se quedan ahí, más que un conducto, se convierten en el catalizador, en el generador de nuevos surcos que pueden ser un nuevo motivo para querer partirle la cabeza a alguien o buscar una nueva oportunidad. Todo musicalizado con lo que ellos saben hacer: rock & roll puro y duro.



Andrés Zúñiga.

 




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