“This is the first record that i listen to and can say: Yeah, that`s me.” (Bill Callahan en Billboard.com)
Debo confesar que aunque el disco “Red Apple Falls” es uno de mis favoritos, este “A River Ain’t too much to love” representó un refresco maravilloso dentro de la obra llena de imaginería de Bill Callahan. Obra que ya alcanza los 12 álbumes. Pensaba, también, mientras leía las letras recostado en mi cama, sobre aquellos artistas que acostumbran a arañarnos profundamente, hasta el alma, poniendo voz a aquellos sentimientos, aquellas historias tan personales, que gracias al talento, a veces cruel, universalizan con simpleza y sinceridad. Y eso se agradece. Me acordé, inevitablemente, de Will Oldham o de Kurt Wagner (Lambchop).
Luego seguí concentrado en el Sr. Callahan.
El disco con que se nos presenta este año es una colección de canciones mínimas en instrumentación y sobria en arreglos, pero hábil y certera en su disparo hasta nuestros corazones. Callahan evoca la mística, la poética, del folk y el country yanqui. Historias, confesiones, retratos, llenos de humor negro, de soledad, de alcohol sobre la barra del empolvado bar. Me imagino cierto “malditismo”, una condena que el hombre debe llevar y que sólo es posible abandonarla a punta de guitarra y tabaco cerca del río.Y lo que llama la atención es que el rostro del hombre que está buscando la redención, quien cuenta la historia, quien desgasta los dedos contra las cuerdas es justamente el mismo Bill Callahan. Bien cowboy. Harta obsesión, desengaño, trova sin esperanza. Ebriedad. Y no sólo de alcohol.
Producido por el mismo Callahan, el disco cuenta con la colaboración del batero Jim White (notable el acompañamiento en “Say Valley Maker”) y fue grabado en el Pedernales Studio, Austin, Texas. Aunque mantiene la atmósfera de discos antecesores, decía yo, representa un refresco. Y no tiene que ver con la utilización de tecnologías ni nuevos juguetitos, sino más bien un retorno a la raíz más cruda, a la de la guitarra y el poeta y su sufrimiento y resignación.
Realmente dan ganas de entrar la habitación del Sr.Smog. Pedirle alguna canción y que se despache el desasosiego desnudo de temas tan emocionantes como “Rock Bottom Sister” o “In the pines”, la alegría a medio contener de “I feel like the mother of the world” o la extraña esperanza de “Let me see the solts”. Todo tan luminoso. Tan verdadero, y como toda verdad, doloroso.
Uno de esos discos que aparecen muy de vez en cuando (y que tenemos la suerte de topárnoslo), regalándonos tanta claridad poética (no optimismo) que nos trae por añadidura un poquito más de sentido al tortuoso camino de la vida. Y eso es lo que más se agradece.
Cristóbal Cornejo
“When i was a boy i used to get into it bad
with my sister
and when the time came to face the truth
there’d only be tears and sides
tears and sides
and my mother my poor mother
would say it does not matter
it does not matter
Just Stop Fighting”
(Extracto del tema “I feel like the mother of the world”)