Sigur Rós
Takk…
Geffen records 2005


La fórmula de Sigur Rós está fríamente de manifiesto en las melodías de sus últimos cinco elepés: timbres épicos, el falsete de la vocalista y guitarrista “Jónsi” por doquier. Un barroco exacerbado en extremo, si hablamos de melodías y arreglos musicales a cargo del baterista Orri Páll –que no tiene vergüenza de desenfundar sus plumillas de vez en cuando-, “Goggi”, en las convincentes y aletargadas líneas del bajo y “Kjarri”, en la programación, que en este disco samplea bronces y hasta cuerdas sinfónicas.

A exactos once años de vida (se formaron en agosto de 1994), los islandeses vienen a repetir la sorpresa de este sonido de espacios abiertos. De esa paz marina o de praderas rurales –también en el Primer Mundo quedan lecheros de “teta-de-vaca-a-mano”- que parecieran querer intencionalmente reemplazar a algún somnífero de turno.

Y es que el viaje por “Takk…” invita a una hipnosis diferente. Es un sedante de sensibilidad explícita, de una belleza de documental de la Nat Geo por el Ártico y que te recuerda la gira de estudios a Atacama o el silencio de algún lugar con nieve y ninguna persona más que tú. Es la cámara lenta que te graba en el taco de la mañana, mientras lidias contra el sueño y la rutina.
Sin embargo, y aunque los arreglos son intimistas y de baja intensidad, no hay de esa melancolía que recordamos explícita en “()” o “Ágætis Byrjun”. Parece que estamos frente al día después de las lágrimas, al despertar tras la resaca de una noche psicodélica y existencialista. Esto porque en “Takk…” la fotografía fría toma el lado optimista del sonido épico.
Por algo cuando llora el violín de “Gong” pareciera que volvemos al cuento de las lágrimas. No nos confundamos -nos dicen irónicos: las tormentas de nieve y viento aparecen así de improvistas, sin planificar, en tu misma vida o hasta en formato de larga duración.

 

 

Alejandro Jofre.



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