Desde que Elvis, luego de mover lascivamente cada gramo de su anatomía, causaba los gritos enfervorizados y hormonales de un buen puñado de adolescentes, quedó establecido que el rock & roll era esencialmente entretención. Claro, un modelo que se agotó y complejizó cuando bandas como The Who, The Beach Boys y The Beatles se aburrieron de las quinceañeras y se encerraron en sus estudios a lograr plasmar los ritmos y sonidos que cubrían, perfectamente, el espectro entre lo celestial y la distorsión psicodélica ( discos como “The who sell out”, “Pet Sounds” y “Sgt. Pepper lonely hearts club band” lo dejan claro).
Pero en el fondo, ¿por qué lo hacían? o ¿por qué los seguimos escuchando? Porque nos divierten, en el sentido más amplio de la palabra. No es que nos invada la risa cada vez que nos sometamos al rock & roll. Claramente Black Sabbath no es un delirio humorístico, pero no se necesita de un contexto (llámese pista de baile, videos clips o coregrafías) para que esa música (tan odiada en su principio, tan manoseada en su presente) nos haga sentirnos bien.
Savannah siempre ha tenido claro que el rock es entretención. Y así lo quisieron dejar claro en su disco homónimo. 12 temas, que incluyen una Intro y Outro, que suenan a melenas voladoras, dedos inquietos simulando algún tipo de percusión o las ya clásicas, uñas rozando la tela de tu pantalón simulando un virtuosismo eléctrico. Sí, acá no hay delirios de grandeza ni complejidad efectista. Sólo fuertes golpes a la caja, vigorosos dedos elevando las cuatro cuerdas y guitarras que siguen los patrones dejados por Tony Iommi, Angus Young y, porque no, los locales de Criminal o Tumulto.
Savannah le da a su primera entrega discográfica un hilo conductor que no da respiros. La idea es no bajar los decídeles en ningún momento. Si hay un silencio o un suave rasgueo, la vuelta al sonido más duro es clara y contundente. Ahora bien, ¿algo nuevo para el mundo? no, pero tampoco es su objetivo. Tal como lo perciben ellos, esto de hacer rock es para entretenerse y lograr que otros también lo hagan. Si la música no te logra sacra alguna sonrisilla, tal vez lo hagan letras del calibre de “muestra tus pechos con pasión” (Manos tibias), “toma mi lengua y hace lo que quieras hacer” (Lengua), “cabalgando en tus piernas voy” (Canción de amor). Sí, tallas de curados, de amigos en un asado. De aventuras inventadas y fantasías eróticas. Todo producto de un buen momento de reunión que acompañaron con los sonidos que siempre los han echo sentirse bien.
Savannah no está aquí para cambiar el panorama musical o innovar con nuevos o viejos-renovados ritmos. No, cada uno de los muchachos toma sus respectivos instrumentos para pasar un buen momento y reproducir melodías, tal como ellos las escucharon de las influencias que siempre están presentes. Una búsqueda en la que puedan sonreír viendo cómo son capaces de hacer reaccionar a quienes los miran fijamente. No moverán sus cuerpos como Elvis, pero mientras el pie no deje de ascender-descender o algún pelo tenga que acomodarse por algún movimiento brusco, Savannah dirá: “misión cumplida”. El rock alcoholizado y vacilón en ejercicio pleno.
Andrés Zúñiga.