Cada día me convenzo más de que una de las maravillas de la condición humana es la posibilidad de sentir la música como si viniera del alma misma del que la escucha. Así resuenan los rasgueos –como un mantra- que abren este “Desaparezca Aquí” de Nacho Vegas. “Todo el mundo fantasea con una muerte dramática”, sentencia el asturiano, desde su doble perceptiva de exhibicionista y voyeur, de protagonista y creador de los personajes que habitan las canciones: el confundido amante desmemoriado o embaucado (“Ella me confundió con otra persona”), la pareja de yonquis delirantes en un viaje psicodélico y autodestructivo (“Perdimos el control”), el melancólico narrador que confiesa lo que duele perder al amor cuando es evocado por una maldita gotera en el techo (“Ocho y Medio”).
En “Desaparezca Aquí”, se huele un todo que pretende llegar a sonar como una banda, aunque no logra convencernos del todo. Se huele más rock, más arreglos de piano, vientos, coros, teclados, baterías más duras, más comunitariedad, pero más que una identidad propia se tiende a relacionar su intención a la propuesta en directo. Sin embargo, es un refresco que le otorga nuevos matices a la degustación del de Xixón.
Las letras siguen siendo brillantes. Respiran y viven en las canciones. Se entreven personajes idealizados, análisis lúcidos venidos desde los desvaríos más cotidianos, posiciones válidas surgidas desde la sensación de imposibilidad, pero siempre enfrentando –o lo que es lo mismo, mirando a la cara- a los gigantes (“Tracé un ambicioso plan / consistía en sobrevivir”, canta Vegas en “Nuevos planes, idénticas estrategias”). La muerte no sólo como hito sino como el curso normal de vida -¿Qué hay en la vida más normal que la muerte?-, representado por la figura que da vida a la canción “Cerca del Cielo”, tema dedicado a Juanito Oiarzábal, un alpinista y su particular visón sobre la vida (y la muerte). Asimismo, se aprecia un deslizamiento de la narrativa desde la segunda y tercera persona que mostraba en “Cajas de Música Difíciles de Parar” hacia una directa primera persona en este disco.
Como decíamos, este disco suena más rockero y más de banda, pero una mención aparte merece el tema “Ocho y medio”, la verdadera columna vertebral, y el único acústico del disco. Claro, porque “Ella me confundió…” y “Perdimos el control” podrán sonar más atrevidos, frescos, más directos –siempre dentro de todo el dramatismo de la vida y las situaciones de los personajes-, pero no pasan de ser buenas canciones, que quizás podrían haberse reemplazado u omitido. En el fondo, que no son determinantes en la estructura del disco ni en la imagen del momento creativo por el que atraviesa N.V, al contrario lo que representa “Ocho y medio” como síntesis de los fantasmas y sueños del Vegas solitario (el pájaro muerto, la gotera nunca arreglada, la televisión a alto volumen, la presencia de algún ángel moribundo) y el mismo “Al norte de mi”, más folk y etílico. Y sin duda, “La Noche más larga del Mundo”, como epílogo dorado, restregándose una vez más en el charco de tristeza que implican los finales, las despedidas inevitables (como ésta), que aunque tremendamente dolorosas y difíciles son lo más natural de nuestras vidas.
Cristobal Cornejo.