Un laberinto tiene gracia porque es complicado encontrar la salida. De lo contrario, sólo sería un espacio dedicado a perder el tiempo. Una prueba demasiado fácil para ávidos ociosos. Eso sí, la salida debe estar a la vista. Tampoco es que queramos emprender un viaje sin retorno. Las vueltas que deberíamos dar para llegar al punto del éxito deberían ser varias, con algunas llegadas falsas o tropezones varios. La idea es sentir el error, pero con la certeza y tranquilidad de que los trazos corporales o en tinta, van a llegar a un gran vacío, a algún sitio en el que no habrá más camino por recorrer.
Porque algo está claro, todos, por mucho espíritu aventurero que tengan, buscan que después de una dosis de riesgo llegue la recompensa de la paz y seguridad. La satisfacción de haber arriesgado tanto. Para ellos, no es recomendable que se metan con diAblo.
La agrupación chilena con su laberinto sonoro Coma, no está para desafíos simples ni ofrecer salidas a la vista (si es que las tienen). Su misión es enredarnos y guiarnos por los surcos más largos, las cornisas más peligrosas, marearnos con un número indeterminado de vueltas para alcanzar la inconsciencia y así, quedar a su merced. Es la música ideal para acompañar algún paseo incierto, como el de Jack Torrance por el laberinto de césped en El resplandor. Algo agónico, perturbante y con un final no demasiado feliz.
Pese a que al someterse a diAblo puede que suene a grupos como Mogwai o Explosions in the Sky, la diferencia está en qué rumbos dan a su música. Por ejemplo, el código de los escoceses es bastante claro: tranquilidad-aceleración-distorsión-máxima distorsión-aceleración-tranquilidad. De vuelta al hogar. Sí, hacen maravillas (Rock Action, My father my king o Young team), pero ya están previsibles como lo indica Happy songs for happy people. DiAblo, en cambio, no se guía mediante un código, la dirección la da el momento. Un quiebre y chao. Perdiste todo el hilo conductor que alguna vez pensaste seguir. Alguien se comió las migas que dejaste en tu laberinto. Así lo demuestra méndigo, tema que abre Coma. Unos cánticos étnico-ballenescos que se diluyen en una atmósfera sombría que de apoco va mutando en unos arpegios agudos y dulces para romperse con los rápidos golpes y distorsiones que no culminan en una vuelta al comienzo. No hay reversa. ¿Para qué? La idea es diluir todo, complicarlo y desorbitar. Te pierdes y es poco probable que puedas predecir lo que viene.
Ahí está el motivo para escuchar Coma. Los cinco cuernos de la bestia salvaje montan parajes impresionantes que parecen musicalizar toda la entrega visual que diAblo quiera proyectar. Lo que sea, siempre vendrá bien. Cada instrumento toma el protagonismo necesario para no opacar a su prójimo. Una caja musical perfecta en que los quiebres del amo de las baquetas propicia los silencios o estruendos agónicos necesarios para el retumbar del bajo y los punteos que hablan por la voz ausente. Para complementar todo, se entremezclan los inquietos y a ratos infantiles teclas (ocaranza) que se enfrentan con los sonidos emergentes de pedales y grabaciones fantasmales, que en ocasiones se entremezclan con una voz agónicamente ruidosa (la llena de gracia) que vomita un “virgen de pacotilla” mientras todo parece explotar.
Así diAblo surge como el constructor de un laberinto demasiado tentador como para no querer atravesarlo. El peligro atrae y estos muchachos saben como hacerlo aún más apetecible, todo desde una perspectiva subterránea, que no los tiene en la boca de todos ni como banda sonora del programa más alternativo de los alternativos. En la independencia más absoluta y en su anonimato creativo se constituyen como una de las bandas más sólidas del momento. Un paso en falso y ya estás en las manos del amo de las tinieblas.
Andrés Zúñiga.