El segundo disco de Alamedas es una confirmación
delicada y precisa de cómo gesta su sonido
hoy; melodías certeras, letras livianas y
directas, un giro al lado melancólico del
rock británico, ya dejando influencias más
rockeras a un espacio más lento, y no por
ello pasajero. Canciones mejor armadas y un disco
mejor logrado en la ruta de Gómez y compañía
por el sonido del rock de la isla.
Observando el avance desde su placa homónima,
es un camino distinto el recorrido por un cuarteto
que quedó anclado a la muestra más
británica del rock de garage, que hiciera
explosión hace ya unos años en Chile.
Por ello, quizá alcanzar un sonido más
completo e íntegro los deja en un desfase
donde las luces son menores y la exigencia es mayor,
con un segundo disco decidido, sólidamente
elaborado, no quedan dudas de las ideas que surgen
dentro de la banda. Esta vez, son nueve cortes efectivos,
casi una programación de vinilos para canciones
de rock en clave radial (‘No es casualidad’,
‘Precipicio’) pero también con
un giro hacia canciones más melancólicas
(‘Dejaste aquí’, ‘La línea
del tiempo’) que apuestan además a
la apertura a cosas más personales, ya más
de propiedad que de influencia (‘The Village’).
Y así, es cómo Alamedas sella su presente,
con una producción delicada, una edición
in situ junto a Barry Sage (quien participa a escondidas
de un tributo muy a tono que llega al final de esta
placa), para dejar con vida una idea de rock de
influencia y capacidad de autor, diferencias en
su música y su evolución.
Siguiendo el nombre del disco, claramente esta
placa sirve para no caer al hoyo, pero el precipicio
está ahí, presente, la arremetida
de este cuarteto no deja de ser un bono de permanencia
con un sonido elaborado, aceptable, arriesgando
que pueda sonar hasta en una tercera placa, la misma
fórmula. Vemos que hay muchas personas insistiendo
en que otras bandas suenen en la radio, cuando Alamedas
es parte de las que bien merecen el formato, sin
dudas.
Kaco San Cristóbal.